Le expliqué que el médico había recomendado trasladarme a una vivienda sin escaleras. Las sesiones perdidas habían retrasado mi recuperación y necesitaba atención diaria.
Mi antigua habitación tenía todo lo necesario, incluido un baño cercano.
El problema era que Teresa llevaba un año durmiendo allí.
—No voy a echarlos —respondí—. Voy a regresar a mi propia casa. Tendremos que organizarnos.
Mauricio comenzó a llorar.
Me confesó que su suegra siempre lo había despreciado por trabajar como taxista. Cuando le presté la casa, mintió diciendo que la había heredado para demostrar que tenía algo propio.
—Pensaba decir la verdad después, mamá.
—¿Después de cuántos años, hijo?
No respondió.
El sábado siguiente, don Joaquín, antiguo compañero de mi esposo y nuevo conductor de la unidad 27 durante las tardes, me ayudó a mudarme.
Mi nieta Sofía, de once años, me recibió emocionada.