Sofía empezó a contar.
—¡Uno, dos, tres!
Dieciséis pasos separaban la puerta del automóvil.
Mis piernas temblaban.
Mauricio extendió los brazos instintivamente, pero no me tocó.
Sabía que necesitaba conseguirlo por mí misma.
—¡Catorce, quince, dieciséis!
Llegué.
Los conductores aplaudieron.
Don Ernesto levantó su radio.
—Central a todas las unidades. La pasajera más importante de nuestra historia acaba de llegar al taxi 27.
Una tras otra respondieron las radios.
Y yo lloré como no había llorado desde la muerte de Ricardo.
Mauricio abrió la puerta.
—¿A dónde vamos, mamá?
—Al centro comercial donde antes estaba nuestra central.
Era el mismo lugar donde Teresa había pasado aquellas tardes mirando una fotografía antigua de mí, mientras Mauricio me dejaba esperando.
Llegamos y caminamos lentamente hasta un mural dedicado a la historia del edificio.
Allí estaba mi fotografía, joven, con audífonos y un micrófono frente a los labios.