Teresa se sentó a mi lado.
Sacó de su bolsa una botella de agua de jamaica fría.
—Catorce de marzo —dijo sonriendo.
Mauricio nos sirvió dos vasos.
Brindamos frente a aquella fotografía.
—Aquí me sentaba para odiarte —confesó Teresa.
—¿Y ahora?
Miró a nuestro hijo, a Patricia y a Sofía, que conversaban unos pasos más allá.
—Ahora vengo a descansar y a recordar que todavía estamos vivas.
Tomé su mano.
Había pasado casi treinta años siendo la enemiga de aquella mujer.
Mi hijo había perdido mi confianza por abandonar trece citas médicas.
Mi nuera había descubierto que su matrimonio estaba construido sobre una mentira importante.
Y, sin embargo, allí estábamos.
No porque todo estuviera olvidado, sino porque cada uno había decidido asumir su responsabilidad y cambiar.
Miré a Mauricio acomodando cuidadosamente nuestros bastones junto a la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo de depender de él.