Nos miramos durante unos segundos.
Y terminamos llorando juntas.
Aquel hombre me había agradecido en secreto durante trece años, mientras su esposa me odiaba por haberle destruido supuestamente la vida.
Teresa tomó mi mano izquierda.
—Perdóname, Elena.
—No podremos cambiar lo que pasó.
—Te hice sufrir.
—Sí —respondí—. Pero ahora podemos decidir qué hacer con el tiempo que nos queda.
Cuando Teresa salió del hospital, necesitaba rehabilitación diaria.
Fue entonces cuando tomé una decisión que sorprendió a todos.
—Mauricio nos llevará a las dos —anuncié.
Mi hijo levantó la cabeza.
—¿Me vas a devolver las tardes?
—Con una condición. Nuestra cita médica será siempre tu primera responsabilidad de ese turno.
Mauricio se acercó y me abrazó.
—No volveré a dejarte esperando, mamá.
Esta vez no me conformé con sus palabras.
Durante las semanas siguientes observé sus acciones.
Llegaba puntualmente. Ayudaba a Teresa con su silla de ruedas, me acompañaba en mis ejercicios y permanecía junto a nosotras incluso cuando alguna lloraba de dolor.