—Julián… estaba enfermo —pronunció lentamente.
Asentí.
—Tu hija recordó lo que sucedió aquella noche.
Teresa cerró los ojos.
—Me mintió… todos esos años.
Me acerqué.
—Tu esposo tenía miedo, Teresa. No quería que lo vieras como un hombre débil.
Comenzó a llorar.
Después de unos minutos señaló su bolsa.
Patricia la abrió y sacó un viejo llavero naranja.
Teresa me lo entregó.
Tenía grabado el número 41.
—Cada catorce de marzo… —dijo trabajosamente—, Julián salía temprano con una botella de agua de jamaica fría. Decía que tenía una deuda que pagar.
Sentí un escalofrío.
Durante trece años, entre 1998 y 2010, alguien había dejado una botella de agua de jamaica en la puerta de nuestra central cada 14 de marzo.
Nunca supe quién era.
Hasta ese momento.
—Era Julián —susurré.
Teresa asintió.
—Yo pensaba… que tenía otra mujer.