Aquella madrugada de octubre, Patricia permaneció a mi lado escuchando la historia.
—Mi papá nunca me dijo que estaba enfermo —murmuró.
—Quizá pensó que así te protegía.
—Pero mi mamá pasó toda su vida odiándola.
—Lo sé.
Patricia bajó la mirada.
—Y yo también la traté horriblemente.
No respondí de inmediato.
Había heridas que necesitaban tiempo.
A la mañana siguiente, don Joaquín me llevó al hospital.
Teresa había llegado a tiempo para recibir atención especializada. Los médicos confirmaron que había sufrido un accidente cerebrovascular isquémico y que la rapidez de la atención había sido muy importante.
Tendría dificultades para mover el brazo derecho y necesitaría rehabilitación, pero existían buenas posibilidades de recuperación.
Cuando entré a su habitación, Patricia estaba junto a la cama.
Teresa me miró con lágrimas en los ojos.