Intenté convencerlo de hablar con ella.
Pero me suplicó que no revelara su diagnóstico.
—Si necesita culpar a alguien por mi trabajo, deje que me culpe a mí —le dije.
Julián bajó la cabeza.
—Preferiría que me odiara a mí —respondió—. Pero si algún día la culpa a usted, le ruego que no le cuente lo de mi enfermedad.
Acepté guardar su secreto médico.
La cooperativa lo retiró temporalmente del servicio de conducción, pero Julián nunca consiguió regresar. Encontró empleo como intendente en una escuela y decidió no volver a manejar profesionalmente.
Teresa jamás recibió una explicación completa.
Su marido le permitió creer que yo había denunciado injustamente que se dormía al volante.
Tres días después, me llamó furiosa.
—¡Un día sabrás lo que es esperar un taxi que nunca llega!
Y cumplió su amenaza veintiocho años después.