Era aquella chamarra que siempre olía a café.
En el hospital descubrieron que Julián padecía epilepsia y que había experimentado otros episodios que nunca reportó.
Después de recibir atención médica, me buscó personalmente.
Llegó a la central tres días después.
Nunca olvidaré su expresión.
—Doña Elena, por favor, diga que solamente me quedé dormido. Necesito seguir trabajando.
Le expliqué que no podía ocultar un problema médico que podía poner en peligro su vida y la de sus pasajeros.
La cooperativa debía conocer lo sucedido y atender las restricciones médicas correspondientes antes de permitirle volver a conducir.
Julián lloró.
Me habló de las deudas, de su esposa y de su pequeña hija.
Luego me hizo una petición inesperada.
—Mi mujer no sabe que estoy enfermo. Su mamá padecía convulsiones y la gente la trataba como si estuviera loca. Teresa creció viendo aquello. No quiero que me mire con lástima.