Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Aquella noche había sucedido algo que Teresa nunca conoció en su totalidad.

Era el 14 de marzo de 1997.

Yo trabajaba en el turno nocturno de Radio Taxi Jalisco.

Alrededor de las once, una vocecita apareció entre las interferencias.

—Señora, mi papá no despierta.

La niña lloraba desesperadamente.

No sabía decirme dónde estaba y apenas alcanzaba a utilizar el micrófono.

Le pedí que mirara el número del taxi.

—Cuarenta y uno —respondió.

Inmediatamente avisé a las unidades cercanas y solicité una ambulancia.

Mientras llegaban, mantuve a la niña hablando conmigo.

—Patiquita, vamos a contar hasta diez. No estás sola.

Mi esposo Ricardo conducía a pocas calles.

Fue el primero en encontrar el vehículo.

Julián estaba inconsciente en el asiento del conductor. Había sufrido una crisis convulsiva.

La niña estaba aterrorizada.

Ricardo se quitó su chamarra gruesa y la cubrió mientras esperaban a los paramédicos.

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