Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Sentí que el tiempo se detenía.

—¿Qué recuerdas?

—Estaba dentro del taxi de mi papá. Era de noche. Él empezó a sentirse mal y detuvo el automóvil. Después comenzó a temblar y dejó de responderme.

Patricia respiró profundamente.

—Yo gritaba porque pensaba que se estaba muriendo. Encontré el botón del radio y pedí ayuda. Una señora me dijo que contara hasta diez con ella.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Cómo te llamaba tu papá cuando eras pequeña?

—Paty. Pero cuando quería consentirme me decía Patiquita.

Cerré los ojos.

Aquella niña.

Era ella.

—Tú me dijiste que te llamaban Patiquita —susurré.

Patricia comenzó a llorar todavía más fuerte.

—¡Era usted! ¡Usted fue quien me ayudó!

Y entonces, después de casi tres décadas, comprendió que el recuerdo que su madre siempre había llamado un sueño era completamente real.

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