Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Por la radio escuché a Teresa intentar decir algo incomprensible.

—Teresa, soy Elena. Si puedes escucharme, queremos que sepas que viene ayuda.

Entonces Patricia apareció detrás de mí.

Estaba descalza, con el rostro desencajado.

Al escuchar mi voz por el micrófono, dejó escapar un sonido extraño.

—No puede ser…

Continué guiando a Mauricio hasta que la operadora confirmó que los paramédicos habían localizado el taxi.

—Ya llegaron, mamá —dijo mi hijo, llorando—. Ya están atendiendo a Teresa.

—Lo hiciste bien, Mauricio. Esta vez te quedaste.

Solté el micrófono.

Mis piernas temblaban tanto que Patricia tuvo que ayudarme a sentarme.

Pero ella también estaba temblando.

Se arrodilló frente a mi silla y me tomó las manos.

—Señora Elena… esa voz…

La miré sin comprender.

—¿Qué pasa, Patricia?

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

—Yo conozco esa voz. Usted me hablaba cuando era niña.

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