Pensé que aquella sería la última vez que la vería.
Pero cuarenta minutos después, mientras descansaba en mi habitación, escuché una voz desesperada saliendo de la vieja estación de radio.
Sofía había encendido el equipo para escuchar las comunicaciones, como hacía algunas noches con mi permiso.
—¡Central, central! ¡Habla la unidad 27! ¡Necesito ayuda!
Era Mauricio.
Nunca olvidaré el sonido de su voz.
—Mi suegra está muy mal. Se le torció la boca y no puede mover un brazo. ¡Estoy atorado en el tráfico y no sé qué hacer!
La operadora nocturna intentaba obtener su ubicación exacta mientras contactaba a emergencias.
Reconocí inmediatamente el peligro.
Me levanté con dificultad, apoyándome en los muebles, hasta llegar al micrófono.
—Unidad 27, aquí estación de respaldo. Mauricio, escúchame.
Hubo un silencio.
—¿Mamá?
—Sí, hijo. Estoy contigo. Primero necesito que respires. Cuenta hasta diez conmigo.