Me quedé inmóvil.
—Entonces sabes por qué no puedo hablar.
—También sé que estás cargando con una culpa que no te pertenece.
—No es culpa, Joaquín. Es una promesa.
Mi viejo amigo suspiró.
—Ricardo decía que eras la mujer más terca de Guadalajara. Ahora entiendo por qué.
Sonreí tristemente.
Dos semanas después, Teresa anunció que se marcharía a vivir con una hermana en Tepatitlán.
—No puedo seguir bajo el mismo techo que esa mujer —dijo, señalándome.
Patricia intentó convencerla de quedarse.
Yo no discutí.
La noche del 23 de octubre, Mauricio se ofreció a llevarla a la central camionera.
Teresa salió con una maleta pequeña. Antes de subir al taxi, me miró desde la entrada.
—Nunca voy a perdonarte lo que hiciste con Julián.
—Que tengas buen viaje, Teresa.
No respondió.
El taxi desapareció al doblar la esquina.