Mauricio intentaba defenderme, pero tampoco conocía la verdad.
La única que seguía entrando alegremente a mi habitación era Sofía.
Una tarde me preguntó:
—Abuelita, ¿tú eres mala?
Sentí que se me partía el corazón.
—No, mi amor. Pero a veces las personas conocen solamente una parte de una historia y sacan conclusiones equivocadas.
—Entonces deberías contarles la otra parte.
Le acaricié el cabello.
—Ojalá fuera tan sencillo.
Mi rehabilitación continuaba. Don Joaquín llegaba puntualmente a la una y media, y Mauricio ya había comenzado a acompañarme durante los ejercicios.
Había dejado de huir cuando me veía sufrir.
Sin embargo, todavía tenía que recuperar algo más difícil que mi movilidad: la confianza de su familia.
Una tarde, don Joaquín estacionó frente a una pequeña plaza y apagó el motor.
—Elena, Ricardo me contó lo que pasó con la unidad 41.