Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Mauricio intentaba defenderme, pero tampoco conocía la verdad.

La única que seguía entrando alegremente a mi habitación era Sofía.

Una tarde me preguntó:

—Abuelita, ¿tú eres mala?

Sentí que se me partía el corazón.

—No, mi amor. Pero a veces las personas conocen solamente una parte de una historia y sacan conclusiones equivocadas.

—Entonces deberías contarles la otra parte.

Le acaricié el cabello.

—Ojalá fuera tan sencillo.

Mi rehabilitación continuaba. Don Joaquín llegaba puntualmente a la una y media, y Mauricio ya había comenzado a acompañarme durante los ejercicios.

Había dejado de huir cuando me veía sufrir.

Sin embargo, todavía tenía que recuperar algo más difícil que mi movilidad: la confianza de su familia.

Una tarde, don Joaquín estacionó frente a una pequeña plaza y apagó el motor.

—Elena, Ricardo me contó lo que pasó con la unidad 41.

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