«Mi hijo con síndrome de Down trabajó durante 12 años en una tienda, hasta que el gerente lo acusó de ladrón. Mi hijo lloraba y suplicaba: “¡Mamá, créeme, yo no he robado nada!”. Yo creí en su inocencia, pero cuando salió a la luz la verdad, ocurrió algo que jamás habría imaginado…»

Me apretó las manos con fuerza.

—Mamá, créeme. ¡Yo no he robado nada! ¡Te lo prometo!

Lo miré a los ojos.

Conocía a mi hijo mejor que nadie. Sabía que podía equivocarse, que a veces necesitaba más tiempo para comprender ciertas situaciones, pero también sabía cuánto valoraba su trabajo y lo mucho que se esforzaba por hacer las cosas bien.

—Te creo, Daniel —le dije—. Y voy a averiguar qué ha ocurrido.

Al día siguiente fui al supermercado.

El gerente, el señor Ramírez, me recibió con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia.

—Señora, entiendo que quiera defender a su hijo, pero las cuentas no cuadran. Han desaparecido casi dos mil euros en varias semanas. Daniel estaba cerca de la caja y tenemos motivos para sospechar.

—¿Qué pruebas tiene contra él? —pregunté.

El hombre desvió la mirada durante un instante.

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