Me apretó las manos con fuerza.
—Mamá, créeme. ¡Yo no he robado nada! ¡Te lo prometo!
Lo miré a los ojos.
Conocía a mi hijo mejor que nadie. Sabía que podía equivocarse, que a veces necesitaba más tiempo para comprender ciertas situaciones, pero también sabía cuánto valoraba su trabajo y lo mucho que se esforzaba por hacer las cosas bien.
—Te creo, Daniel —le dije—. Y voy a averiguar qué ha ocurrido.
Al día siguiente fui al supermercado.
El gerente, el señor Ramírez, me recibió con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia.
—Señora, entiendo que quiera defender a su hijo, pero las cuentas no cuadran. Han desaparecido casi dos mil euros en varias semanas. Daniel estaba cerca de la caja y tenemos motivos para sospechar.
—¿Qué pruebas tiene contra él? —pregunté.
El hombre desvió la mirada durante un instante.