—Mamá, hoy voy a trabajar mucho. Quiero que estén orgullosos de mí.
Y yo siempre le respondía lo mismo:
—Mi amor, ya estoy orgullosa de ti.
Nunca imaginé que un día regresaría a casa llorando como si el mundo entero lo hubiera rechazado.
Aquella tarde, cuando abrí la puerta, lo encontré sentado en el sofá, todavía vestido con su uniforme. Tenía los ojos hinchados, las manos temblorosas y el rostro completamente desencajado.
—¿Qué ha pasado, cariño?
Daniel intentó hablar, pero las palabras no le salían. Finalmente, se abrazó a mí y rompió a llorar.
—Mamá, el señor Ramírez dice que soy un ladrón.
Sentí que algo se me rompía por dentro.
—¿Qué dices? ¿Por qué te ha dicho eso?
—Falta dinero de la caja. Dice que fui yo porque ayer me quedé unos minutos solo cerca del mostrador. Me llevó a su oficina y me hizo muchas preguntas. Yo le dije que no había tocado nada, pero no me creyó.