Mi esposo me llamó cruel cuando supo que había interrumpido mi embarazo, aunque él mismo me abandonó para correr detrás de su amante. “Era mi hijo, ¿cómo pudiste?”, me reclamó. Yo sólo le entregué los papeles del divorcio y le pedí diez días. Él creyó que me marcharía sin nada,

Él evitó mis ojos.

—Camila está embarazada. Tenemos que ser comprensivos.

Ella se acarició el vientre.

—Además, esta casa ya es mía. No entiendo por qué sigues aquí.

Sentí un dolor profundo, pero no le di el gusto de verme llorar.

Subí al tercer piso.

Allí estaba el estudio donde Sebastián había pintado decenas de retratos míos durante nuestros primeros años.

O eso creía yo.

Cuando entré, descubrí que varios rostros habían sido modificados.

Mi cabello oscuro había sido reemplazado por el cabello castaño claro de Camila.

—Sebastián, ¿qué hiciste?

Camila apareció detrás de nosotros.

—Ay, ¿no te contó? Le pedí que cambiara los cuadros. No quiero ver tu cara por toda mi casa.

Recorrí con la mirada aquellas pinturas.

Recordé las tardes en que posaba para él, los besos entre pinceladas y las promesas que hacíamos mientras todavía éramos felices.

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