Pero cuando mencioné nuestra casa, guardó silencio.
—¿También ibas a dejarme sin techo?
—Las cosas se complicaron, Valeria.
—No. Tú las complicaste.
Saqué los documentos del divorcio.
—Quiero separarme, pero necesito diez días para despedirme de esta casa. Después me iré. No quiero tus regalos ni tu dinero.
Sebastián pareció sorprendido.
—¿Sólo diez días?
—Diez. Es lo único que te pido.
Aceptó.
Durante los tres primeros días fue extraordinariamente atento.
Me preparaba café, cocinaba mis platillos favoritos y se sentaba conmigo en el jardín.
Por momentos parecía el mismo muchacho que me había llevado a una farmacia cuando yo era niña.
Pero el quinto día llegó Camila.
Traía dos maletas enormes y una sonrisa triunfal.
—Bueno, Valeria, espero que ya estés empacando. Necesito preparar la habitación para mi bebé.
Miré a Sebastián.
—¿Vas a permitir esto?