Mi esposo me llamó cruel cuando supo que había interrumpido mi embarazo, aunque él mismo me abandonó para correr detrás de su amante. “Era mi hijo, ¿cómo pudiste?”, me reclamó. Yo sólo le entregué los papeles del divorcio y le pedí diez días. Él creyó que me marcharía sin nada,

Entonces descolgué el primer cuadro.

—Valeria, ¿qué haces? —preguntó Sebastián.

—Estoy retirando las cosas que ya no tienen lugar aquí.

Durante los siguientes días guardé mis objetos personales, regalé algunos muebles que eran míos y destruí las fotografías que ya no soportaba mirar.

Sebastián me observaba con una expresión extraña.

Una tarde lo escuché murmurar:

—Qué desperdicio. Ese cuadro valía muchísimo dinero.

Fue entonces cuando comprendí algo.

No lamentaba perder nuestros recuerdos.

Lamentaba perder el valor de las cosas.

Al décimo día, Camila apareció con un sobre.

—Ya estuvo bueno de tu drama. Firma y vete.

Sebastián estaba sentado junto a ella.

Dentro estaban los documentos para iniciar nuestro divorcio y una propuesta de acuerdo económico.

También había una tarjeta bancaria.

—Aquí tienes cincuenta millones de pesos —anunció Camila—. Es más de lo que mereces.

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