No acepté la tarjeta.
Miré a mi esposo por última vez.
—Sebastián, cuando nos casamos te dije que tendrías tres oportunidades para corregir tus errores. Te perdoné la infidelidad. Te perdoné que me abandonaras durante el embarazo. Ésta es la última. ¿De verdad estás seguro de tu decisión?
Durante unos segundos pareció dudar.
Entonces Camila se levantó y me arrojó el contenido de una taza de leche tibia sobre el vestido.
—¡Deja de intentar recuperarlo! ¡Él me eligió a mí!
Sebastián no hizo absolutamente nada.
Ni siquiera le pidió que se disculpara.
Me limpié el rostro con una servilleta.
Firmé únicamente la solicitud de divorcio, sin aceptar aquel acuerdo económico ni renunciar a mis derechos.
Después dejé el sobre sobre la mesa.
—No necesito que me compres la salida, Sebastián.
Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta.
Él vino detrás de mí.