No necesitaba responderle.
Porque finalmente había comprendido que el verdadero amor no exige perder la dignidad, traicionar tus principios ni convertir a un hijo en la última esperanza de un matrimonio.
Miré a Lucía jugando en el jardín mientras Gabriel preparaba la comida.
Por primera vez en muchos años, mi casa estaba llena de risas y no de miedo.
Y supe que había roto la historia que comenzó con mi madre.
Hay personas que sólo comprenden lo que tenían cuando lo pierden. Pero nadie está obligado a quedarse esperando a que aprendan a amar.
Yo había perdido diez años intentando conservar a Sebastián.
Sin embargo, el día que dejé de rogarle que se quedara fue el mismo día en que empecé a recuperar mi vida.
Y si alguna vez mi hija me pregunta qué debe hacer cuando alguien dice amarla, pero la lastima una y otra vez, ya sé exactamente qué voy a responderle: