Durante años creí que Sebastián había sido el hombre que me salvó.
Ahora entendía que aquel gesto había sido hermoso, pero no le daba derecho a destruirme después.
Una buena acción del pasado no borra las heridas que alguien decide causar en el presente.
Y entonces comprendí la diferencia entre mis dos matrimonios, aunque Gabriel y yo todavía no necesitábamos una boda para sentirnos familia.
Con Sebastián había intentado convertirme en la mujer que él deseaba para que no me abandonara.
Con Gabriel podía ser yo misma.
Una tarde me llegó una carta de Sebastián desde prisión.
Decía que jamás había dejado de amarme y que esperaba que algún día pudiéramos volver a encontrarnos.
La leí sin llorar.
Después la guardé en una caja con los documentos de nuestro pasado.