Mi esposo me llamó cruel cuando supo que había interrumpido mi embarazo, aunque él mismo me abandonó para correr detrás de su amante. “Era mi hijo, ¿cómo pudiste?”, me reclamó. Yo sólo le entregué los papeles del divorcio y le pedí diez días. Él creyó que me marcharía sin nada,

Entonces saqué una copia de un estudio médico que Arturo había encontrado entre los documentos familiares.

Tres años antes, Sebastián había conservado muestras de semen antes de una cirugía. Después, un estudio de seguimiento había reportado ausencia de espermatozoides.

Nuestro embarazo había sido posible gracias a aquellas muestras congeladas.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

—Que deberías pedir una prueba de paternidad cuando nazca el bebé de Camila. No puedes dar por hecho que sea tuyo.

Sebastián se quedó inmóvil.

Meses después, una prueba de ADN confirmó que él no era el padre.

Camila había mantenido una relación paralela con su antiguo novio.

La noticia lo devastó.

Por primera vez experimentó una traición parecida a la que me había hecho vivir.

No sentí felicidad al saberlo.

Solamente una tristeza lejana por todas las vidas que habían terminado enredadas en nuestras mentiras.

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