El proceso penal continuó y, después del juicio, Sebastián recibió una sentencia de ocho años de prisión por los delitos que pudieron acreditarse.
Yo recuperé legalmente una parte importante de los recursos que había aportado a sus negocios.
Y decidí no volver a vivir en aquella residencia.
Compré una casa más pequeña, con jardín y mucha luz natural, en una zona tranquila de la Ciudad de México.
Durante varios meses viví sola.
Hasta que una tarde mi ama de llaves, doña Teresa, llamó a un veterinario porque uno de nuestros gatos había enfermado.
Se llamaba Gabriel Torres.
Tenía treinta y ocho años, una clínica modesta y una forma de hablar que al principio me pareció insoportable.
—Señora, si sigue dándole tanta comida a ese gato, va a terminar enfermándolo más.
Me molestó su franqueza.