Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

Pensé en los domingos arreglando las pastillas de mi padre. En Beatriz ofreciendo llevarle la cena la noche en que murió. En los registros de acceso que nunca aparecieron.

—Si podemos demostrar quién recibió el pedido, podremos revisar toda la acusación —le dije a Tomás.

La Fiscalía de Hidalgo obtuvo autorización judicial para catear el rancho, sustentada en la factura, el expediente antiguo y la nueva declaración de Lucía. Pero un trabajador avisó que Julián había mandado una cuadrilla a retirar escombros del aljibe esa misma mañana. Los agentes llegaron antes de que terminara.

La llamada de Tomás llegó cuando yo estaba por entrar al comedor del penal.

—Encontraron restos humanos debajo de la losa, Valeria. Todavía no saben de quién son.

Me sujeté a la pared.

—¿Y Julián?

—Está intentando autorizar hoy mismo la transferencia de mil doscientos millones. El banco pidió una confirmación adicional. Si logra enviarla, puede sacar el dinero antes de que amanezca.

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