Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

—Alguien la volvió a conectar usando permisos de director —explicó Tomás—. Hay cuarenta y un movimientos por ciento ochenta y seis millones de pesos. Todos autorizados con las credenciales corporativas de Julián.

—Las contraseñas se comparten —respondí—. ¿Qué vincula esos movimientos con él?

Tomás sonrió apenas.

—Los avisos de aprobación llegaron al teléfono empresarial que él reconoció como suyo ante el consejo. Y el banco conserva las órdenes firmadas electrónicamente.

No era una sentencia por fraude. Era una línea de investigación sólida. Pedimos que el consejo revocara sus facultades de disposición y que el banco revisara la operación pendiente bajo sus protocolos de cumplimiento.

Entonces Lucía aceptó hablar con los investigadores.

Elisa había sido contadora en un negocio de Julián antes de divorciarse. Dos días antes de desaparecer, mandó a su hermana una fotografía de tres facturas emitidas por Obras del Centro, una compañía que cobraba servicios inexistentes. Entre ellas aparecía el pago por materiales destinados al aljibe del rancho.

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