Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

—Su dicho por sí solo no prueba un homicidio —advirtió Irene.

—Lo sé. Por eso trajimos el documento. Y hay una hermana que lleva cinco años buscando a Elisa.

Tomás había encontrado su nombre en la carpeta de desaparición: Lucía Ortega. Denunció la ausencia de Elisa cuando dejó de contestar el teléfono, pero las pesquisas se estancaron después de que Julián aseguró que ella había viajado por voluntad propia. Nadie localizó un boleto de avión a su nombre.

Regresé a custodia. Tomás presentó la apelación contra mi condena dentro del plazo legal, aunque Julián seguía diciendo públicamente que yo había renunciado a defenderme. No necesitaba que él corrigiera esa mentira. Necesitaba que siguiera creyéndola.

Cuatro días después, Tomás me llevó noticias de la antigua plataforma de pagos. Gabriela Pineda, la auditora que ordenó su cierre, había conservado el informe técnico en el archivo externo contratado por Grupo Montiel. La plataforma ya no podía ejecutar operaciones, pero guardaba bitácoras históricas y avisos de reactivación.

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