En el pasillo encontré a Clara, con andadera y acompañada por una enfermera. Parecía más vieja que en su fotografía.
—No quise que te enteraras por la doctora Gálvez —dijo—. ¿Podemos hablar aquí, con la puerta abierta?
Asentí. Ella me mostró la tarjeta de una abogada de Querétaro.
—Quiero asesorarme para reconocer la relación con mi nieto, si tú estás de acuerdo. Me interesa que Daniel aparezca en su historia y saber cómo ayudar sin hacer nada a tus espaldas. No he pedido la custodia de Nicolás.
Me quedé mirando la tarjeta. Antes de aceptar nada, la interrumpí:
—Primero necesito saber qué pretende hacer con nosotros —contesté.
Clara bajó la cabeza.
—Confundí pagar las cosas con querer a mi hijo. Le elegía la carrera, el trabajo y las amistades. Cuando se fue, esperé que volviera porque creí que no podría vivir sin mí. Tardé años en buscarlo; las direcciones siempre eran antiguas. Y ahora sé por qué nunca contestó.