PARTE 2
—No se llama Daniel —respondí—. Se llama Nicolás. Y no voy a llevarlo con una desconocida.
Emilio no discutió. Me ofreció sentarme y aclaró que la paciente, ahora identificada como Clara Vargas, había autorizado que me transmitieran su pregunta. También me dijo que la policía investigaba una posible agresión y que el equipo médico no permitiría visitas mientras ella siguiera tan débil.
—No tengo ninguna intención de exponerte a ti ni al niño —añadió—. Pero creo que deberías escucharla cuando esté mejor.
Salí del hospital con Nico dormido sobre el hombro. Era todavía de noche. Durante el camino recordé la única vez que Daniel me habló de su madre.
Vivíamos juntos en un departamento pequeño. Él daba clases de acondicionamiento físico y entrenaba a adolescentes en una cancha municipal. Tenía veintinueve años, una risa escandalosa y la costumbre de recoger animales heridos de la calle. Yo le pregunté por qué nunca llamaba a su familia.