Ese «está bien» me hizo confiar un poco más que cualquier promesa.
La primera visita fue en una plaza. Elegí el sitio y la hora. Clara llegó con unas galletas que yo había autorizado y esperó sentada a que Nico se acercara.
—¿Tú eres la señora del hospital? —preguntó él.
—Sí, corazón. Me llamo Clara.
Nico le mostró un carrito rojo. Clara escuchó su historia sin interrumpirlo ni tratar de cargarlo.
Mientras le mostraba cómo rodaban las llantas del carrito, Nico notó su vendaje y lo tocó con cuidado. Ella le explicó que se había lastimado, pero estaba mejor. Me sorprendió verla contestar sin exagerar ni pedir lástima. Cuando nos despedimos, lloraba en silencio.
Dos meses después la acompañé al panteón con flores y una foto de Daniel con sus alumnos. Ella permaneció largo rato frente a la lápida.
Yo conocía aquel lugar de memoria. Había ido embarazada, después con Nico en brazos. Jamás imaginé que estaría allí junto a la madre de Daniel.