—¿De verdad?
—Pareces salida de un sueño.
Renata extendió la muñeca.
—Ayúdame con la pulsera de la abuela.
Adriana se colocó detrás de ella. Sus dedos temblaron al cerrar el broche.
—No dormiste —susurró.
—No.
—¿Nervios?
Renata sostuvo su mirada en el reflejo.
—Descubrimientos.
Adriana se quedó inmóvil.
Lucía, apoyada contra la pared, no apartó los ojos de su madre.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Adriana.
Renata sonrió hacia la cámara.
—Que hoy será inolvidable.
La coordinadora irrumpió anunciando que iban retrasadas. Adriana intentó acercarse de nuevo, pero Renata tomó el ramo y salió sin darle oportunidad.
La iglesia estaba en el centro de Zapopan, con cantera clara, vitrales altos y bancas de madera oscura. Cuando la camioneta nupcial llegó, el estacionamiento estaba lleno de familiares, socios, vecinos y antiguos compañeros de universidad.
Dentro del vestíbulo, Renata escuchó el murmullo de 300 voces.