—Pero no voy a casarme con él.
Durante la siguiente hora, ambas distribuyeron sobres entre 3 damas de confianza. Debían colocarlos en los arreglos de la iglesia y en mesas específicas del salón: cerca de los padres de Julián, de las tías de Adriana, de los padrinos y de los amigos que podían impedir que después alguien negara lo ocurrido.
Renata no necesitaba que los 300 invitados tuvieran una copia. Necesitaba testigos imposibles de silenciar.
A las 10:00, Adriana entró en la suite. Llevaba un vestido azul plata que Renata le había ayudado a elegir, el cabello recogido y perlas en las orejas. A sus 53 años seguía siendo una mujer capaz de atraer miradas, pero esa mañana parecía caminar sobre vidrio.
—Mi niña… qué hermosa estás.
Las damas sonrieron. La fotógrafa levantó la cámara. Renata observó a su madre a través del espejo.