Adriana bajó los ojos.
—Ojalá hubiera aprendido sin destruirte.
—No me destruiste.
Renata miró el edificio, a las mujeres reunidas y a su padre sosteniendo a la bebé de Lucía.
—Me heriste. No es lo mismo.
Adriana lloró en silencio. Renata no la abrazó, pero permitió que caminaran juntas hasta el jardín.
Frente a los azahares, Esteban se acercó y ofreció el brazo a su hija, igual que el día de la boda.
—¿Lista para entrar?
Renata lo tomó.
—Esta vez sí.
Caminaron hacia la puerta principal mientras las mujeres de Casa Azahar se ponían de pie. No había sacerdote, novio ni promesas hechas para impresionar a 300 invitados.
Solo había una mujer avanzando hacia una vida que nadie volvería a administrar en su nombre.
Y cuando las flores blancas se abrieron bajo la luz de la tarde, Renata comprendió que el altar no había sido el lugar donde perdió su futuro.