Adriana observó el abrazo desde varios metros de distancia.
—Yo provoqué todo esto —dijo.
Renata se separó de Esteban.
—No todo. Pero sí demasiado.
Adriana asintió, sin buscar consuelo.
—Julián se acercó a mí cuando supo que yo conocía el fideicomiso. Al principio pensé que me deseaba. Me dijo que te veía fría, que conmigo podía hablar. Yo necesitaba sentirme joven y elegida. Le conté cosas que no me pertenecían: tus miedos, tus planes, la historia de Mauricio, las cláusulas del patrimonio.
—Y te acostaste con él.
—Sí.
No hubo excusas en esa respuesta.
—Después comprendí que me utilizaba. Intenté apartarme y empezó el chantaje. Aun así, seguí mintiéndote. Pude pedir ayuda. Pude soportar la vergüenza antes de permitir que llegaras al altar. No lo hice.
Renata sintió que la rabia regresaba, pero ya no era una explosión. Era una frontera.