Su teléfono sonó.
Sus hombros se tensaron antes de que pudiera evitarlo.
Miró la pantalla.
Era Patricia.
—¿Cómo va la inauguración?
—Hay demasiada gente.
—Eso es bueno.
—Sí. Lo es.
—¿El café es de verdad o de esos que parecen postre?
—Tenemos ambos.
—Guárdame 1 taza. Iré el próximo mes.
Después de colgar, Elena permaneció unos minutos bajo el sol.
Un año antes, otra llamada había destruido la vida que creía tener. Durante mucho tiempo deseó que nunca hubiera llegado.
Después comprendió que la verdad habría llamado de cualquier manera.
Tal vez habría sido el banco.
Tal vez un abogado.
Tal vez uno de los inquilinos preguntando por qué el edificio ya tenía otro dueño.
La llamada del Registro Civil no había sido el final de su vida.
Había sido el final de la mentira.