El día de la inauguración, Elena llegó antes del amanecer.
Marisol ya horneaba pan.
—Llegaste temprano —dijo.
—Tú también.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
Encendieron las luces mientras el cielo comenzaba a aclararse.
A las 7 llegaron pescadores buscando café.
A las 8, la señora Garza llevó una caja de tazas hechas a mano.
A las 9, Natalia apareció con flores y las colocó en un frasco viejo.
El lugar se llenó de voces, sillas moviéndose y cucharas golpeando platos.
Durante años, Elena creyó que su padre había conservado aquel edificio porque no podía aceptar el fracaso del primer café.
Por fin entendió la verdad.
Él sabía que no todo lo valioso tenía que hipotecarse, ampliarse y venderse.
Algunas cosas podían quedarse.
Un lugar.
Un recuerdo.
Una parte de la vida que nadie tenía derecho a convertir en ganancia.
Cerca del mediodía, Elena salió a mirar el mar.