Su amiga Natalia, quien había sido dama de honor, llegó con ropa limpia y café.
—¿Te golpeó? —preguntó.
—No antes de que entraran los agentes.
—¿Te robó?
—No alcanzó.
Elena le entregó una noticia impresa. El titular hablaba de un matrimonio detenido por fraudes románticos en varios estados.
Natalia reconoció a Víctor.
Luego vio a Rebeca.
—Yo le ayudé a colocarte el collar —murmuró—. Ella lloró cuando entraste al jardín.
—Sabía fingir.
—Yo te dije que dejaras de preocuparte por lo rápido del compromiso.
—No fue tu culpa.
—Tampoco fue la tuya.
Elena apartó la mirada.
Había pasado años explicando cómo detectar fraudes. Enseñaba a verificar empresas, rastrear beneficiarios y desconfiar de presiones emocionales.
Aun así, había aceptado casarse con un hombre cuyo pasado no podía comprobar.
—Debí descubrirlo —dijo.
Natalia tomó su mano.
—No conviertas el delito de ellos en una vergüenza tuya.