La revisión de su vivienda reveló que Víctor había instalado un dispositivo bajo el escritorio para registrar lo que ella escribía. Lo colocó 3 meses antes, el día que se ofreció a reparar su impresora.
También había copiado archivos del testamento de su padre, contratos de arrendamiento, estados de cuenta y declaraciones fiscales.
—¿Por qué no robó el dinero antes? —preguntó Elena.
—No buscaba solo efectivo —explicó Omar—. Necesitaba las propiedades, su firma y una relación que justificara el control.
En la cocina permanecían el abrigo de Víctor, su taza favorita y una lista escrita por él:
“Café, leche, huevos, té de Elena.”
Aquella lista le hizo más daño que las identificaciones falsas.
El fraude no estaba compuesto únicamente de documentos.
También estaba hecho de desayunos, conversaciones nocturnas y gestos que parecían afecto.
Durante semanas, Elena durmió con las luces encendidas. Revisaba las cerraduras 2 veces y sentía miedo cada vez que sonaba su teléfono.