Abrir los ojos un instante.
El progreso pasó a medirse en segundos.
Noah seguía viniendo todos los días después del colegio, pero ya no se quedaba hasta la hora de acostarse.
Algunas noches se iba a casa a cenar.
A veces incluso se quejaba de tener que irse de casa de un amigo para ir al hospital, y yo, curiosamente, lo agradecía.
Volvía a ser un niño.
Los sábados seguían siendo diferentes.
Seguían siendo el día de Emma y Noah.
Solo que ahora yo también me quedaba.
Unas semanas después de aquel primer sábado, Noah se sentó a su lado y empezó a contarle cómo le había ido la semana.
De repente, se calló.
Me miró.
“¿Qué?”.
“Pregúntaselo tú hoy”.
Sabía a qué se refería.
Llevaba meses siendo él quien le sostenía la mano.