Elena no lo ocultó por venganza. Había visto cómo aquel hombre convertía la dignidad ajena en entretenimiento y no permitiría que su hijo se transformara en otro episodio.
Pasaron los años. Teresa enseñó a Elena a preparar rollos de canela, pastel de limón y mole de olla. Cuando la artritis comenzó a dificultarle el trabajo, Elena asumió la administración de la fonda.
Gabriel se volvió parte de los días comunes: estuvo en el 1er cumpleaños de Mateo, construyó un caballito de madera y pasó noches enteras ayudando durante fiebres y ataques de tos.
Nunca se presentó como su padre.
Cuando Mateo tenía casi 3 años, cayó de un columpio y se abrió la barbilla. En la clínica, una enfermera señaló a Gabriel.
—¿Usted es el papá?
Gabriel miró a Elena antes de responder.
Mateo se adelantó.
—Sí.
El silencio llenó el consultorio.