—Espero que seas feliz.
—Lo soy.
—¿Algún día podrás perdonarme?
Elena miró a través del cristal. Gabriel sostenía a Mateo mientras la jueza le permitía golpear el mazo ceremonial.
—Ya no despierto odiándote. Ese es el perdón que puedo darte.
Víctor aceptó la respuesta.
Finalmente entendió que el perdón no era una puerta para regresar a la vida que destruyó. A veces solo permitía que 2 personas dejaran de vivir entre los escombros.
Durante los años siguientes, Víctor permaneció en el borde del mundo de Mateo. Asistió a partidos de beisbol, festivales escolares y cumpleaños. Enviaba regalos sin fotografiarlos y nunca pidió que el niño lo llamara papá.
También siguió en terapia. Con el tiempo abrió un pequeño taller de reparación. Cuando un cliente reconocía su rostro y preguntaba por el escándalo, Víctor no se justificaba.