Una tarde, después de recogerla del kínder, Alma me pidió visitar la cabaña. Lucía estuvo de acuerdo. Don Gaspar nos esperaba con miel y pan de la tienda. Alma miró el escalón donde la habían dejado y se quedó callada. Me senté a su lado, sin apresurarla.
—¿Aquí me encontraste? —preguntó.
—Sí.
—¿Y por qué no te fuiste?
—Porque necesitabas ayuda. No sabía todavía que eras mi hija.
Ella pensó un momento y entrelazó sus dedos con los míos.
—Entonces me cuidaste antes de conocerme.
Asentí. Quería que recordara eso, no el costal ni la mentira sobre su muerte: alguien podía protegerla incluso sin saber que llevaba su misma sangre.
Lucía llegó al anochecer. Hablamos de la terapia y de preparar juntos el cumpleaños. Ya no éramos pareja; quizá nunca podría perdonar lo que me ocultó. Pero cuando Alma corrió hacia ella, ambos nos agachamos para recibirla.