Casi un año después, una resolución judicial dejó sin efecto mi condena. Todavía debía actualizar mis antecedentes y regularizar mi ejercicio profesional. Volví a la cabaña y abrí mi manual de cirugía en la página donde Lucía había derramado café tantos años atrás.
Primero colaboré en tareas administrativas de un centro de salud rural. Más adelante, con las autorizaciones necesarias, retomé la atención médica. Todavía pensaba en el paciente fallecido. Su familia merecía respuestas propias, así que insistí en que la investigación de aquella muerte continuara.
El proceso por Alma tardó más. Finalmente, Octavio recibió sentencia por los delitos de abandono y falsificación acreditados y perdió la dirección de la clínica. La atención médica se examinó por separado, y Teresa respondió por respaldar registros falsos. Ninguna sentencia nos devolvió los años perdidos.