Encontré a mi suegra saliendo de mi departamento con una bolsa llena de mis 470,000 pesos. Cuando le exigí una explicación, contestó: “Mi hijo dijo que podía tomar lo que quisiera”. No intenté quitarle la bolsa ni levantar la voz. Sólo le pregunté si estaba segura de eso, porque mi celular había grabado una conversación que podía cambiarlo todo.

La vi abrir cajones, revisar mi joyero y fotografiar documentos. Después caminó directamente hacia el librero donde estaba nuestra pequeña caja fuerte.

Apartó dos libros, encontró la caja y marcó la combinación.

La puerta se abrió.

Sentí que me faltaba el aire.

Ofelia empezó a contar los billetes. Allí guardaba 180,000 pesos de mis ahorros, dinero que pensaba utilizar para el enganche de una casa.

Cuando terminó, tomó fotografías, volvió a guardar los fajos y cerró la caja.

Lo aterrador era que conocía perfectamente la combinación.

Y sólo había una persona que podía habérsela dicho: Daniel.

El lunes siguiente apareció acompañada de un hombre de aproximadamente cincuenta años, al que llamó Víctor.

El desconocido examinó la cerradura, revisó las ventanas y tomó fotografías de la entrada.

—Está fácil —comentó—. Nada más necesito saber cuándo estará vacío.

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