Encontré a mi suegra saliendo de mi departamento con una bolsa llena de mis 470,000 pesos. Cuando le exigí una explicación, contestó: “Mi hijo dijo que podía tomar lo que quisiera”. No intenté quitarle la bolsa ni levantar la voz. Sólo le pregunté si estaba segura de eso, porque mi celular había grabado una conversación que podía cambiarlo todo.

Me dolía tanto que apenas podía respirar. Había trabajado sábados y rechazado vacaciones durante cuatro años para comprar una casa con patio. Él le había dicho a su madre cuándo podía llevarse ese esfuerzo.

—La primera vez pudiste decirme la verdad —le respondí—. La segunda, también. Tuviste muchas oportunidades de protegerme. Elegiste proteger tu mentira.

—Te amo, Lucía.

—Yo también te amaba. Pero amar no significa vivir vigilando si tu esposo le va a entregar la llave de tu casa a quien quiera destruirte.

Le pedí que pasara esa noche en un hotel. Aceptó después de insistir durante casi una hora. Karla gestionó la separación y revisó los derechos sobre el departamento, adquirido antes del matrimonio.

Las semanas siguientes fueron difíciles. Tuve que declarar varias veces. Los investigadores identificaron a Víctor y encontraron objetos que otras familias habían denunciado como robados. La libreta de Ofelia contenía direcciones, horarios y escondites. Había muchas víctimas.

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