—Don Francisco, su vidrio está sucio.
Saqué el trapo azul que llevaba desde aquella mañana del semáforo y limpié la marca. Nicolás ya estaba buscando su lapicera, preocupado porque no encontraba un lápiz verde. Cristina le recordó que revisara el bolsillo delantero. Lo encontró y sonrió.
Nadie mencionó cubetas, deudas ni paredes.
Y mientras doblaba el trapo, comprendí algo que todavía me acompaña: no me separé de mi esposa por ayudar a una desconocida. Me separé porque, cuando supe la verdad, mi conciencia ya no me permitió fingir que no la había visto.
A veces me preguntan si habría sido mejor perdonar a Beatriz y regresar a casa después de que devolvió el dinero.
Yo solo sé que hay hogares que se rompen por una tubería vieja, y otros que se rompen cuando alguien prefiere sostener una mentira antes que reconocer el daño que hizo.