Sentí la misma rabia que cuando vi la cama plegable. Esta vez no la dejé decidir por mí.
A mediodía, Brenda publicó en el grupo familiar que yo había llegado de improviso, sacado de su hogar a un hombre con demencia y olvidado sus medicamentos. Una tía me llamó para acusarme de ingrata. Estuve a punto de enviar las fotografías de la cochera a todos, pero Ernesto me pidió que no convirtiera su sufrimiento en un espectáculo.
Esa noche llegaron dos policías por un reporte de presunta desaparición y riesgo. Les mostré el alta hospitalaria, pero antes pedí que hablaran directamente con él. Ernesto dijo su nombre, su domicilio y por qué estaba conmigo. Los agentes asentaron que se encontraba allí por decisión propia. No se llevaron a nadie ni solucionaron el conflicto; nos recomendaron conservar los documentos y acudir al Ministerio Público si existía maltrato.