Ernesto lo llevó al taller. Habíamos vuelto a poner un calentador seguro, revisado por un electricista, y una lámpara blanca sobre el banco. La radio transmitía un partido de beisbol. Tomás sujetaba una rueda mientras su bisabuelo le enseñaba a girar cada tuerca apenas un cuarto de vuelta.
Iván se quedó en el patio. Pidió permiso para reparar un barandal. Ernesto aceptó. Nadie lo llamó redención.
La colcha azul regresó a la cama después de que una señora del barrio logró quitarle la mancha. Todavía se distingue una sombra si uno sabe dónde mirar. A Ernesto no le molestó. Dijo que algunas cosas pueden repararse sin quedar exactamente como antes.
Sigo viviendo cerca. A veces me pide ayuda; otras, quiere leer solo. Respeto ambas cosas.
Hace unos días, al anochecer, lo encontré encendiendo la luz del porche. Le pregunté si necesitaba algo.