Iván me esperó frente al despacho jurídico. Reconoció que las deudas los ahogaban, que Brenda empezó a rentar para pagar tarjetas y que las reservas acabaron siendo su ingreso principal. Él ayudó a instalar la cama pensando que todo sería temporal.
—Siempre había otra reserva —admitió—. Yo sabía que estaba mal, pero no encontraba cómo detenerlo.
—Podías abrir la puerta —le dije—. Podías dejar de aceptar huéspedes. Podías decirme la verdad.
No contestó. En lugar de disculparse, me pidió que firmara como aval de un departamento y reanudara los cuatro mil pesos mensuales, esta vez para su hijo.
Pensé en Tomás llevando chocolate a escondidas. Quise ayudar, pero no abrí mi aplicación bancaria.
—No voy a respaldar otra deuda, Iván. Si Tomás necesita útiles o atención médica, hablaré contigo para pagar directamente lo que haga falta. No voy a entregar dinero sin saber adónde va. Y no te corresponde pedirme que convenza al abuelo de perdonarlos.