Los días siguientes resultaron menos espectaculares que cualquier historia que pudiera contarse sobre un hospital. Inés tenía náuseas, dormía demasiado y se fatigaba después de sentarse unos minutos. La retirada supervisada del sedante, la alimentación y la fisioterapia empezaron a mejorar su estado, pero los médicos advirtieron que recuperar fuerza llevaría meses. Nadie prometió que volvería a caminar sin apoyos.
Mercedes viajaba desde la comunidad con mandarinas y calcetines nuevos. Yo iba al hospital después de cada turno, sin prometerle a Inés que todo sería fácil.
A finales de enero llegaron las constancias que yo había solicitado. Marina Cruz, nacida seis años después que yo, había ingresado conmigo a un albergue de Puebla cuando falleció nuestra madre. Nos separaron tras una decisión familiar que siempre me habían explicado a medias. Un matrimonio adoptó a Marina y ella pasó a llamarse Marina Salgado. Había crecido en Apizaco. Yo permanecí con una tía hasta terminar la preparatoria y después estudié medicina.